Cuentos populares
Cuentos populares —Ni siquiera lo ha mirado; dos veces se lo llevé y cogiéndolo con cuidado me lo ha devuelto siempre —respondió Zakhar sonriendo—. ¿No ordenáis que se le dé de beber?
—No; esperemos un dÃa y veremos lo que pasa.
¿Qué hace ahora?
—Está encerrado en el salón.
Delessov pasó a su despacho y tomó algunos libros en francés y el Evangelio en alemán.
—Mañana ponle estos libros en su cuarto, y cuidado con dejarle salir —le dijo a Zakhar.
A la mañana siguiente, Zakhar informó de que el músico no habÃa dormido en toda la noche, y que habÃa tratado de abrir las puertas, pero que gracias a sus cuidados estaban bien cerradas; dÃjole además que, haciéndose el dormido, habÃa oÃdo a Alberto hablar bajo, agitando con fuerza las manos.
Alberto volvióse de dÃa en dÃa más sombrÃo y más silencioso. ParecÃa como si le inspirase miedo Delessov, y cada vez que sus miradas se encontraban, se advertÃa en su rostro una sensación inusitada de espanto. No tocó ni los libros ni el violÃn, y guardaba el silencio más absoluto cuando se le preguntaba algo.
Algunos dÃas después de haber dado albergue al músico, llegó Delessov a su casa bastante tarde, notándose en él mucho cansancio y contrariedad.