Cuentos populares

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—¿Desea usted saber a quién? A él, al soberano.

—A él todos le queremos. Me imagino que sería cuando usted estaba en el colegio.

—No, después. Fue una locura. Luego pasó. Pero he de decirle…

—Bueno, ¿y qué?

—Es que no fue solo un juego.

La condesa se cubrió la cara con sus manos.

—¿Qué dice usted? ¿Qué le entregó a él?

Ella callaba.

Kasatski se levantó de un salto y, pálido como la muerte, temblorosos los pómulos, se quedó de pie ante ella. Recordó entonces que Nikolái Pávlovich, habiéndole encontrado en la avenida Nevski, le felicitó cariñosamente.

—¡Dios mío, qué he hecho, Stepán!

—¡No me toque, déjeme! ¡Oh, qué crueldad!

Kasatski le volvió la espalda y entró en la casa, allí encontró a la madre.

—¿Qué ocurre, príncipe? Yo… —se calló al ver el rostro del joven, rojo de ira.

—Usted lo sabía y quería aprovecharse de mí para cubrirlos. ¡Si no fuera usted una mujer! —exclamó levantando su enorme puño; dio media vuelta y se fue corriendo.


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