Cuentos populares
Cuentos populares Ante que hubiese pasado el tercer trineo, el cochero cometió la torpeza de empezar a girar el nuestro y las varas tropezaron con los caballos que iban atados atrás. Tres de ellos se espantaron y, arrancando el correaje, echaron a correr.
—¡Condenado! ¿Acaso estás ciego? ¿Por qué has ido a dar la vuelta precisamente encima de nosotros? —gritó uno de los cocheros con voz ronca y temblona. Era un vejete, según pude apreciar por el timbre de la voz, que estaba en la tercera troika.
Saltó del trineo con agilidad y corrió en pos de los caballos, sin dejar de lanzar invectivas contra mi cochero. Pero los animales no se dejaban coger. En un instante, desaparecieron todos entre la blanca niebla.
—¡Vasili-i-i-i—! ¡Trae el bayo! Que asà no puedo cogerlos —se dejó oÃr la voz del viejo.
Uno de los cocheros, un hombre extraordinariamente alto, bajó del trineo, desató a otros tres caballos, montó en uno y, crujiendo por la nieve, galopó en la misma dirección que el anciano.
Lo mismo que las otras dos troikas, seguimos en pos de la del correo, que se deslizaba veloz por la estepa, haciendo tintinear sus cascabeles.
—¡Como que los va a pillar en seguida!… —comentó mi cochero—. Si no han acudido al oÃr a los caballos, señal de que se han desbocado. ¡Ya los harán correr! Con tal que no se pierdan…