Cuentos populares
Cuentos populares Estaba profundamente dormido; pero oía sin cesar los cascabeles que sonaban a la tercera y que, en el sueño, se me presentaban ora bajo la forma de un perro que ladraba y se tiraba sobre mí, ora bajo la de un órgano, del que yo era un tubo, ora bajo la de unos versos franceses que estaba escribiendo. A ratos me parecía que esa tercera era un instrumento de tortura con el que me apretaban la planta del pie derecho. El dolor llegó a ser tan agudo que me desperté. Abrí los ojos y me froté el pie, que comenzaba a helárseme. La noche seguía siendo turbia, blanca. Lo mismo que antes, algo me empujaba, empujando también el trineo; Ignashka iba sentado al lado y daba golpes con los pies; el caballo de varas corría al trote por la gruesa capa de nieve, con el cuello en tensión, levantando poco las patas. La cabeza del de la derecha, con las crines al aire, se balanceaba uniformemente, estirando y aflojando las riendas. Pero todo estaba más cubierto de nieve. Se había arremolinado formando verdaderos montones por delante y a ambos lados; los palos de los trineos, los cuellos de nuestras pellizas y las gorras estaban materialmente sepultados. Las patas de los caballos se hundían hasta la rodilla. El viento soplaba ora por la derecha, ora por la izquierda, agitando el cuello y los bajos del armiak de Ignashka y las crines del caballo de varas.