Cuentos populares
Cuentos populares El frío arreciaba. En cuanto sacaba un poco la cabeza de la pelliza, unos copos secos, helados, me cubrían las pestañas, la nariz, la boca y se me deslizaban por el cuello. En torno a mí, no se veía que la blanca llanura bajo una luz turbia. Sentí miedo. Aliosha dormía a mis pies, en el fondo del trineo. Una espesa capa de nieve le cubría la espalda. Ignashka no se desanimaba: tiraba de las riendas, acuciaba a los caballos y pataleaba sin cesar. Los cascabeles seguían sonando tan maravillosamente como antes. De cuando en cuando, se oía relinchar a los caballos. Corrían más despacio y tropezaban con frecuencia. Ignashka dio un salto, sacudió uno de sus guantes y entonó una canción con su voz aguda; pero antes de acabarla, detuvo la troika, echó las riendas sobre el pescante y se apeó. El viento aullaba con furia y la nieve caía con más intensidad. Volví la cabeza. La tercera troika no nos seguía; se había quedado rezagada. A través del torbellino, distinguí al viejecito que saltaba sobre un pie y sobre el otro, junto a la segunda. Cuando hubo recorrido unos pasos, Ignashka se sentó en la nieve y, tras de quitarse el cinturón, procedió a descalzarse.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Tengo que cambiarme el calzado para que no se me hielen los pies —me dijo.