Cuentos populares
Cuentos populares Y sus duros rasgos se plegaron en una sonrisa dulce y despectiva al mismo tiempo.
Natalia Nikolaievna se inclinó; el samovar le impedÃa ver a su marido.
—Sonia tiene razón. Sigues teniendo diecisiete años, Pierre. Serioja es más joven que tú fÃsicamente, pero tú tienes el alma más joven que él. Soy capaz de prever sus reacciones; en cambio, tú puedes sorprenderme aún.
Quizá reconociera la exactitud de esa observación o quizá le adulara, pero el caso es que Piotr Ivanovich no supo qué contestar; le brillaron los ojos y siguió fumando y tomando sorbos de té en silencio. Serioja, en cambio. Con el egoÃsmo propio de la juventud, tan solo se interesó por la conversación en aquel momento porque su madre le habÃa nombrado. Declaró que, en efecto, se sentÃa viejo, que la llegada a Moscú y la nueva vida que se abrÃa ante él no le alegraban en absoluto, pero que sopesaba tranquilamente el porvenir.
—Es la última noche —repitió Piotr Ivanovich—. Mañana ya no será igual…
Y se escanció más ron. Estuvo largo rato sentado ante la mesa del té como si quisiera decir muchas cosas, pero no tuviera quién lo escuchara. Finalmente puso la botella del ron a su lado; pero se la llevó disimuladamente.