Cuentos populares

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Un hombre modesto que no conoce Moscú y ha llegado tarde a un banquete se equivoca si cree que los hospitalarios moscovitas le invitarán a almorzar. Si le ha ocurrido esto o, sencillamente, quiere comer en el mejor hotel, al entrar en el vestíbulo, tres o cuatro lacayos se levantan de un salto y uno de ellos le quita la pelliza y le felicita en el año nuevo, con el Carnaval, con la llegada a Moscú o se limita a observar que hace mucho tiempo que no ha venido, aunque jamás haya entrado en el hotel anteriormente. Luego, pasar al comedor, lo primero que le asalta a la vista es una mesa repleta, según cree en el primer momento, de una infinidad de apetitosos manjares. Pero se trata de un engaño óptico, pues la mayor parte de la mesa está ocupada por faisanes con plumas, cangrejos de mar crudos, cajitas con perfumes y pomadas, frasquitos de cosméticos y tarros con caramelos. Solo en un extremo, después de buscar mucho, se encuentra vodka y una rebanada de pan con mantequilla y con un pececito, bajo una campana de tela metálica. Es para preservarlo de las moscas, cosa innecesaria en Moscú en el mes de diciembre, pero son exactamente iguales a las que se usan en París. Algo más allá, se divisa una habitación; en ella, sentada detrás del mostrador, hay una francesa de presencia desagradable, pero que lleva un magnífico vestido a la moda. Junto a la francesa se distingue a un oficial con la guerrera desabrochada, que toma vodka; algunos paisanos que leen periódicos y los pies de algún señor descansando en una silla tapizada de terciopelo.


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