Cuentos populares
Cuentos populares Se oye hablar en francés y sonoras risas más o menos francas. Si alguien quiere saber lo que ocurre en esa habitación, le aconsejarÃa que entrase y se limitase a echar una ojeada como si pasara por casualidad. De lo contrario, se sentirÃa mal a causa del interrogante silencio y de las miradas de sus visitantes habituales y, probablemente, intimidado, se dirigirÃa a algunas de las mesas de la sala grande o al jardÃn de invierno. Allà nadie le estorbarÃa. Aquellas mesas son para todos y podrÃa encargar todas las trufas que le viniera en gana. En cambio, la habitación de la francesa es para una juventud elegida, la juventud de oro, y no es tan fácil como parece pertenecer al número de los elegidos. A volver aquélla a la habitación, Chevalier dijo a su esposa que el recién llegado estaba triste, añadiendo que los hijos eran tan magnÃficos como solo pueden criarse en Siberia.
— ¡Si vieran a esa muchacha! ¡Parece un rosal!
—¡Oh, veo que le gustan las mujeres lozanas a este vejestorio! —exclamó uno de los clientes que fumaba un cigarro.
(Como es natural, la conversación se desarrollaba en francés, pero la transmito en ruso, lo que seguiré haciendo en el curso de esta historia).
—¡Claro que sÃ! Las mujeres son mi pasión.