Cuentos populares
Cuentos populares Pero Severnikov se interrumpió. Sus compañeros de juego habían hecho algo inconveniente. Mientras hablaba con Paviel Ivanovich Pajtin, no había dejado de observarles. En aquel momento descargó unos cuantos puñetazos en la mesa para demostrar que no se le podía engañar. Pajtin se levantó y, acercándose a otra mesa, comunicó a un señor respetable la nueva que traía; luego fue a hacer lo mismo a las demás mesas por turno. El regreso de Labazov alegró a todos, de manera que Iván Pavlovich, que, al principio, vacilara si debía demostrar contento por aquella noticia, acabó por ir al grano, sin valerse de preámbulos tales como los comentarios acerca de un baile, de un artículo de El Noticiero, de la salud o del tiempo.
El viejecito, que aún seguía con sus vanos intentos de hacer carambola, se alegraría sin duda de aquella noticia. Pajtin se acercó a él.
—¡Qué bien juega usted, excelencia! —exclamó.