Cuentos populares

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—En Moscú, en contra del deseo de su tío, pidió el retiro —continuó aquél cuya memoria y cuyos conocimientos habían quedado demostrados—, y allí se formó en torno suyo la segunda sociedad, de la que fue el promotor y el alma misma, si puede uno expresarse así. Era rico, bien parecido, culto, inteligente y de una educación perfecta. Mi tía solía decirme que no había conocido en su vida a un hombre tan interesante como él. Unos meses antes de la sublevación se casó con la Krinskaya.

—Era hija de Nikolai Krinsky, del de Borodino…; ese célebre… —le interrumpió alguien.

—Sí. Su inmensa fortuna pasó a manos de Labazov, y la suya propia a su hermano, el príncipe Iván, el ex ministro.

—Se portó admirablemente con su hermano —prosiguió el narrador—. Cuando lo detuvieron le faltó tiempo para destruir sus cartas y sus documentos.

—¿Acaso estaba complicado?

El narrador no dijo «sí», pero apretó los labios y guiñó un ojo en señal afirmativa.

—Posteriormente, Labazov negó siempre en los interrogatorios todo lo que se refiriese a su hermano; eso le hizo mucho daño. Y lo terrible es que el príncipe Iván, que heredó todos sus bienes, jamás le ha mandado un solo céntimo.


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