Cuentos populares
Cuentos populares De nuevo empezaron a temblarle los labios y tuvo que interrumpir aquel torrente de palabras.
—¿Qué le pasa? —vociferó Turbin, poniéndose serio—. ¿Qué le pasa? ¡Es usted un chiquillo! ¿Quiere batirse? ¡Estoy a su disposición! —añadió, asiéndole de las manos y apretándoselas con fuerza.
El joven sintió que se le agolpaba la sangre a la cabeza, y no tanto por la ira como por el miedo.
Apenas Turbin hubo soltado al joven, dos nobles lo arrastraron hacia la puerta, cogiéndolo por debajo de los brazos.
—¿Se ha vuelto loco? ¿O es que ha bebido? Habrá que decÃrselo a su padre. ¿Qué le pasa? —le dijeron.
—No; no he bebido. Ha sido él quien me ha empujado y ni siquiera se disculpa… Es un cerdo… —gimoteó el muchacho, que se habÃa echado a llorar.
Sin hacer caso de lo que sucedÃa lo llevaron a su casa.
—¡Cálmese, conde! —reconvinieron a Turbin el comisario de PolicÃa y Zavalshevsky—. Es un niño. Aún lo azotan. Tiene dieciséis años. ¿Qué le habrá ocurrido? ¿Qué mosca la habrá picado? Su padre es un hombre muy respetable… Es uno de los candidatos.
—Bueno; que se lo lleve el diablo si no quiere…