Cuentos populares
Cuentos populares Tan pronto como se hubo marchado el viejo, se generalizó la conversación.
—¡He ahà un vejete del Antiguo Testamento! —exclamó el viajante.
—Es un Domostroy[1] —dijo la señora—, ¡vaya unas ideas salvajes sobre la mujer y el matrimonio!
—Señores, —repuso el abogado—, todavÃa estamos muy lejos de las ideas europeas con respecto al matrimonio. En primer término, los derechos de la mujer; luego la mujer libre; después el divorcio, como cuestión no resuelta aún… y en fin, qué sé yo…
—Lo esencial, y lo que no comprenden sujetos como ese, —interrumpió la señora— es que sólo el amor consagra el matrimonio, y que el verdadero matrimonio es el consagrado por el amor, y no otro.
El viajante escuchaba con atención y guardaba en la memoria las frases instructivas para explotarlas en lo sucesivo.
—¿Y qué amor es ese que consagra el matrimonio? —dijo de improviso el caballero nervioso y taciturno, que se habÃa aproximado, sin que ninguno de nosotros lo notara.
Estaba de pie con la mano apoyada en el respaldo del asiento y notablemente impresionado. TenÃa encarnada la cara, hinchada una vena de la frente y temblorosos los músculos de las mejillas.