Cuentos populares

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Iliushka se colocó junto a Stioshka, con la guitarra en las manos, y empezó el baile, es decir, se dio comienzo a las canciones gitanas: Cuando voy por la calle, Los húsares, Escucha y entiéndeme… y otras por el orden establecido. Stioshka cantaba muy bien. Su sonora voz de contralto que brotaba del pecho, sus sonrisas, sus ojos de expresión apasionada, su piececito, que se movía llevando el compás, los gritos salvajes que lanzaba al entrar el coro, todo esto hacía vibrar una cuerda sensible que rara vez se conmueve. Era evidente que Stioshka vivía lo que cantaba. Iliushka la acompañaba con la guitarra, expresando su compenetración por medio de sonrisas, movimientos de espalda y de pies, y con todo su ser. Tenía la mirada clavada en Stioshka, como si oyera por primera vez esas canciones, y llevaba el compás con expresión atenta y preocupada. Al dar la última nota, se erguía; y, como si creyese estar por encima de todo el mundo, daba la vuelta a la guitarra con gesto altivo, sacudía la cabellera y se volvía hacia el coro, con el ceño fruncido. Luego, empezaba a bailar, y enteramente parecía que bailaban todas las fibras de su cuerpo, desde la cabeza hasta la planta de los pies… Veinte voces potentes y enérgicas cantaban de la manera más asombrosa. Las gitanas viejas daban saltitos en las sillas, agitaban pañuelos y, mostrando sus dientes, lanzaban gritos al compás de la canción. Los bajos, en pie tras de las sillas, emitían sus voces graves, con las cabezas inclinadas y los cuellos en tensión.


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