Cuentos populares
Cuentos populares —Escúchame, Ilin. Dime la verdad como a un compañero —instó el conde, que seguÃa acariciando la cabeza de su amigo. El vino lo habÃa predispuesto a la ternura—. Te he tomado afecto. Dime la verdad. Si has perdido dinero del Tesoro, te ayudará. No vaya a ser que luego sea demasiado tarde… ¿TenÃas dinero del Tesoro?
Ilin se levantó de un salto.
—Ya que me obligas a ello, te diré que me dejes en paz, porque… Te ruego que no te metas en lo que no te importa… La única solución que me queda es pegarme un tiro —exclamó con acento desesperado; y, cayendo de bruces, se deshizo en lágrimas, pese a que sólo un momento antes pensara tranquilamente en comprarse un caballo.
—¡Enteramente una damisela! ¿Quién no ha pasado por un trance as� Esto tiene remedio. Espérame —dijo el conde, abandonando la estancia.
—¿La habitación del comerciante Lujnov? —preguntó a un camarero y entró en ella, a pesar de que su criado le advirtiera que el señor iba a acostarse.
Lujnov estaba en bata. Sentado junto a la mesa contaba un fajo de billetes ante una botella de vino del Rin, al que era muy aficionado. Se habÃa permitido ese lujo gracias a que acababa de ganar en el juego. Miró a Turbin a través de sus lentes con expresión frÃa y severa, como si no lo reconociera.