Cuentos populares

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Ilin no había creído en la promesas del conde. Siguió echado en el diván, ahogado por lágrimas de desesperación. Pese a los sentimientos, ideas y recuerdos que embargaban su alma y pese a la ternura y la compasión que le mostrara el conde, estaba consciente de la realidad. Ya no le quedaba esperanza alguna. Lo había perdido todo: el honor, el respeto de la sociedad y la ilusión por el amor y la amistad. El manantial de sus lágrimas empezaba a agotarse y se iba apoderando de él con mayor fuerza una sensación de tranquilidad. La idea del suicidio, que ya no despertaba en él horror ni repulsión, acudíale cada vez más a menudo. En aquel momento, oyó los firmes pasos de Turbin. Su rostro conservaba aún huellas de ira y le temblaban ligeramente las manos; pero sus bondadosos ojos resplandecían de satisfacción y alegría.

—¡Toma! Los he recuperado jugando —exclamó, mientras echaba varios fajos de billetes en la mesa—. Cuéntalos, a ver si están todos. Ven a la sala; pero no tardes, porque me voy en seguida —añadió, como sin darse cuenta de la terrible agitación, causada por la alegría y el agradecimiento, que expresó el semblante del ulano.

Y abandonó la estancia, silbando la melodía de una canción gitana.


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