Cuentos populares

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VIII

Sashka, que se había ceñido con su cinturón, anunció que los caballos estaban dispuestos. Pero quería ir a toda costa a recoger la pelliza del conde, que había costado trescientos rublos, y devolver la pelliza azul, que no valía nada, al canalla que se había atrevido a cambiarla por la de su amo. Turbin dijo que no había necesidad de hacerlo y entró en su cuarto para cambiarse de ropa.

El oficial de caballería hipaba, sentado al lado de una gitana. El comisario de Policía había ordenado que sirvieran vodka y había invitado a los presentas a desayunar a su casa, prometiendo que su mujer en persona bailaría con las gitanas. El joven apuesto explicaba a Iliushka con toda seriedad que el piano es un instrumento que tiene alma y que, en cambio, en la guitarra no se «pueden dar los bemoles». El funcionario tomaba té en actitud tristona en un rincón de la estancia. A la luz del día parecía avergonzarse de su libertinaje. Los gitanos discutían en su lengua; algunos insistían en divertir a los señores, a lo que se oponía Stioshka, diciendo que el barorai (en lengua gitana, conde, príncipe o, con más exactitud, gran señor) estaba enfadado. Empezaba a extinguirse la última chispa de la orgía.

—¡Venga una canción de despedida! Después, cada cual se irá a su casa —exclamó el conde, entrando en la sala. Venía lozano, alegre y más apuesto que nunca, con su indumentaria de viaje.


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