Cuentos populares
Cuentos populares Eran ya las diez de la mañana. El sol se había remontado por encima de los tejados. Deshelaba. Hacía un rato que habían abierto las tiendas; se veía bastante gente por las calles; algunas señoras deambulaban por el mercado, y pasaban coches con nobles y funcionarios, cuando los gitanos, el comisario, el oficial, el joven apuesto, Ilin y el conde, con la pelliza de piel de oso, salieron a la escalinata del hotel. Tres trineos se acercaron a la entrada. Los caballos de cortas colas atadas chapoteaban en el barro líquido. Y todos, muy alegres, empezaron a acomodarse. El conde, Ilin, Stioshka, Iliushka y Sashka, el asistente, ocuparon el primer trineo. Fuera de sí, Blucher movía el rabo, ladrando al caballo de varas. Los demás se instalaron en los dos trineos siguientes, acompañados también de gitanos de uno y otro sexo. En cuanto arrancaron, los tres vehículos se pusieron al mismo nivel y los gitanos entonaron una canción.
De esta suerte atravesaron la ciudad, hasta llegar a sus puertas, obligando a apartarse hacia las aceras a todos los coches con que se cruzaban.
Los transeúntes, sobre todo los que los conocían, se sorprendieron mucho al ver esos nobles que iban por las calles de la ciudad en pleno día, cantando en compañía de unos gitanos borrachos.
En las puertas de la ciudad, los trineos se detuvieron y todos empezaron a despedirse del conde.