Cuentos populares
Cuentos populares Liza cogió su labor, se quitó un alfiler de la mantilla que un soplo de aire agitó ligeramente y, tras de coger un punto caído, se la devolvió a su tío.
—Ahora, dame un beso por haberlo hecho —dijo presentando al viejo una de sus coloradas mejillas, mientras clavaba el alfiler en la mantilla—. Hoy, por ser viernes, te daré el té con ron.
Luego, la muchacha se dirigió a la salita donde solían tomar el té.
—Tío, ven a ver. Por ahí pasan unos húsares —se oyó que decía desde allí con su voz sonora.
Para ver a los húsares, Ana Fiodorovna y su hermano entraron en la salita, cuyas ventanas daban a la aldea. Pero no se los veía bien; tan sólo se divisaba, a través de una nube de polvo que avanzaba, una muchedumbre.
—Es lástima, hermana, que estemos tan estrechos aquí y que no esté acabado el pabellón. Hubiéramos podido invitar a los oficiales. Los húsares suelen ser simpáticos y alegres; así, al menos, podríamos verlos de cerca.
—Me encantaría invitarlos, pero ya sabes que no disponemos más que del dormitorio, del salón y de esta salita, en que duermes tú. ¿Dónde los íbamos a instalar? Mijail Matvejev ha preparado con este objeto la isba del starosta. Dice que está muy limpia.