Cuentos populares
Cuentos populares —¿Cómo no te da vergüenza? —dijo Polozov cuando los oficiales volvieron a la habitación que les habÃan destinado—. Por mi parte, he procurado perder; te estaba haciendo señas por debajo de la mesa. ¿Cómo no te da vergüenza? La viejecita se ha disgustado en serio.
Turbin lanzó una carcajada.
—¡Qué graciosa! ¡Cómo se ha ofendido!
Y de nuevo rió, tan de buena gana, que hasta Johan, que se hallaba presente, agachó la cabeza para ocultar una sonrisa.
—¡Es para que vayan conociendo al hijo del amigo de la familia!… ¡Ja, ja, ja…!
—Te aseguro que eso no está bien. Me ha dado lástima de ella —dijo el corneta.
—¡Qué absurdo! ¡Eres demasiado joven! ¿Acaso pretendÃas que perdiera yo? Eso me pasaba a mà también cuando no sabÃa jugar; pero no ahora. Esos rublitos me vendrán muy bien. Hay que considerar la vida desde un punto de vista práctico. De otro modo, uno pasa por tonto.
Polozov guardó silencio. Deseaba pensar en Liza, que le habÃa parecido un ser puro y encantador, sin que le molestaran. AsÃ, pues, no tardó en acostarse en el blando y limpio lecho que le habÃan preparado.