Cuentos populares

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«Ahora la gente es bien distinta. Aquél hubiera sido capaz de arrojarse al fuego por mí. Claro que merecía la pena de hacerlo. Éste, en cambio, duerme como un tonto, satisfecho de haberme ganado en el juego. No es capaz de hacer la corte a una muchacha. Aquél, poniéndose de rodillas, decía: “¿Qué quieres que haga? ¿Qué me suicide?”. Y lo hubiera hecho, de habérselo mandado yo».

De pronto, Ana Fiodorovna oyó unos pasos de pies descalzos en el pasillo. Pálida y temblorosa, con el vestido puesto de cualquier manera, Liza entró precipitadamente en la habitación y se desplomó en la cama.

Al despedirse de su madre, Liza se había retirado a la habitación que ocupara antes su tío; y, tras de ponerse una chambra blanca y de atarse un pañuelo a la cabeza, apagó la vela, abrió la ventana y se sentó junto a ella con las piernas recogidas. Clavó sus ojos pensativos en el estanque, totalmente iluminado ya por el plateado resplandor de la luna.





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