Cuentos populares
Cuentos populares Y, de pronto, sus ocupaciones e intereses habituales se le presentaron bajo una luz nueva: su vieja y caprichosa madre, su decrépito tío, los criados, los mujiks, que la adoraban, los animales, la naturaleza, que tantas veces había muerto y resucitado y entre la cual se había educado rodeada de amor, que ella profesaba esa paz tan dulce para el alma, le pareció distinto, aburrido e inútil. Era como si alguien le hubiese dicho: «¡Qué estúpida has sido! Por espacio de veinte años has estado haciendo tonterías; has servido a los demás, sin saber lo que es la vida y la felicidad». ¿Qué era lo que le hacía pensar tales cosas? Desde luego, no le impulsaba a ello un amor súbito por el conde, como se hubiera podido creer. Al contrario, ni siquiera le había gustado. El corneta le había llamado más la atención; pero era feo, insignificante y silencioso. Involuntariamente, lo olvidaba y buscaba la figura del conde. Pero no era lo que quería. ¡Su ideal era tan magnífico! Se le hubiera podido amar aquella noche, entre esa naturaleza, sin romper su hermosura. Su ideal era íntegro; nunca había sido mutilado para fundirlo con alguna realidad vulgar.