Cuentos populares

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Al principio, su vida solitaria fue la causa de que el caudal de amor que la Providencia depara equitativamente a cada cual estuviese aún íntegro en su corazón. Pero llevaba demasiado tiempo viviendo aquella dicha melancólica de sentir ese caudal dentro de sí, y, a veces, abría el misterioso vaso, contemplaba su riqueza e, impensadamente, derramaba su contenido sobre el primero que llegase. ¡Quiera Dios que pueda gozar hasta la tumba de esa dicha egoísta! ¿Quién sabe si no es la mejor y la más intensa? ¿No será la única verdadera y posible?

«¡Señor, Dios mío! ¿Será posible que haya perdido mi felicidad y mi juventud? ¿Será posible que no la tenga… nunca, nunca?» se preguntaba, mirando fijamente al cielo cubierto de nubecillas blancas que velaban las estrellas. «Si aquella nube vela la luna, es que nunca la alcanzaré», se dijo. Un jirón grisáceo se deslizó por la parte inferior del claro disco de la luna y, poco a poco, fue debilitándose la luz sobre la hierba, las copas de los tilos y el estanque; las oscuras sombras de los árboles se volvieron menos perceptibles bajo la lúgubre oscuridad que cubrió la Naturaleza; una suave brisa recorrió el follaje, trayendo a la ventana un olor a hojas mojadas, a tierra húmeda y a las lilas en flor.



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