Cuentos populares
Cuentos populares «No; eso no es verdad», se consoló. «En cambio, si los ruiseñores empezaran a cantar esta noche, es que no debo desesperarme, es que lo que pienso es absurdo». Mucho rato permaneció Liza sentada en silencio, como si esperase a alguien. Varias veces se había iluminado la naturaleza y se había vuelto a velar la luna por las nubes, sumiéndose todo en la oscuridad. Liza se quedó adormilada cuando, de pronto, la despertaron los sonoros trinos de un ruiseñor que provenían del estanque. La señorita pueblerina abrió los ojos. Su alma fue invadida por una nueva dicha al sentirse misteriosamente unida a la Naturaleza que se extendía ante ella, tan clara y serena. Se apoyó en ambos brazos. Una tristeza dulce le oprimió el corazón y sus ojos se llenaron de lágrimas consoladoras, provocadas por un sentimiento de amor puro que anhelaba ser correspondido. Colocó los brazos en el alféizar de la ventana y apoyó sobre ellos la cabeza. Su oración preferida le acudió a la mente y, en breve, sus ojos, húmedos aún, se cerraron en un sueño apacible.
El roce de una mano la despertó. Había sido ligero, agradable. En aquel momento, esa mano estrechaba la suya con fuerza. Súbitamente, Liza volvió a la realidad. Dio un grito y, levantándose de un salto, abandonó la habitación. A toda costa quería persuadirse de que no había sido el conde a quien viera en pie, junto a la ventana, bañado por la luz de la luna.