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Cuentos populares

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XV

Al oír el grito de la muchacha y la tos del guarda al otro lado de la valla, Turbin echó a correr por la hierba cubierta de rocío hacia el fondo del jardín, con la sensación de un ladrón descubierto. «¡Qué tonto soy! —se dijo—. La he asustado; debí haberla despertado hablándole. ¡Soy un animal!». Se detuvo para escuchar: el guarda había entrado en el jardín y avanzaba arrastrando su bastón por un senderito cubierto de arena. Era preciso ocultarse. Turbin bajó hacia el estanque. Unas ranas saltaron al agua y le hicieron estremecerse. Tenía los pies mojados, pero no hizo caso y, poniéndose en cuclillas, repasó lo que acababa de suceder: había entrado en el jardín, saltando por la valla, había buscado la ventana de Liza y, al encontrarla, había visto la blanca figura de la muchacha; varias veces y siempre atento al más leve rumor, se había acercado y separado de la ventana. Tan pronto le parecía que Liza debía estar irritada por su tardanza, tan pronto que era imposible que hubiese accedido a entrevistarse con él con tanta facilidad. Al fin, suponiendo que fingía dormir por ser una tímida muchacha provinciana, se había acercado resueltamente; pero había comprobado que en realidad dormía. Entonces, sin saber por qué, había retrocedido asustado. Y, sólo después de avergonzarse ante sí mismo por su cobardía, había vuelto junto a la ventana, con decisión, y había tomado la mano de Liza. El guarda carraspeó y salió del jardín, haciendo chirriar la verja. Aquello resultó muy doloroso para Turbin. Hubiera dado cualquier cosa con tal de poder empezar de nuevo. Ya no procedería tan estúpidamente… «¡Qué muchacha tan maravillosa! ¡Qué lozana! ¡Qué encantadora! Haberla dejado escapar así… ¡Soy un animal…!». No tenía sueño. Con los pasos resueltos de una persona irritada, se encaminó a la buena de Dios, por una alameda de tilos.


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