Cuentos populares

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La noche prodigaba sus pacíficos dones. Turbin fue invadido también por una tristeza serena y un deseo de amar. El sendero de tierra arcillosa, en el que aquí y allá se veían hierbecillas o plantas secas, aparecía iluminado con círculos de luz, formados por los pálidos rayos de la luna, que se filtraban a través del espeso follaje. De cuando en cuando, se oía el rumor de las hojas que tenían un reflejo plateado. Apagáronse las luces de la casa y cesaron todos los ruidos. Los trinos de los ruiseñores parecían llenar todo ese inabarcable espacio claro y silencioso. «¡Dios mío! ¡Qué noche! ¡Qué noche tan maravillosa!», pensó Turbin, aspirando el aroma del jardín. «Estoy triste. Es como si estuviese insatisfecho de mí mismo, de los que me rodean y de mi vida. ¡Qué simpática y qué bonita es esta muchacha! A lo mejor se ha disgustado de verdad…».

Al llegar a este punto, sus pensamientos se embrollaron. Se imaginó que estaba en aquel jardín, en compañía de la muchacha provinciana, en diversas actitudes extrañas; y, poco después, su querida Minna sustituyó a ésta. «¡Qué tonto soy! Tenía que haberla cogido por la cintura y darle un beso». Y Turbin volvió a la habitación, arrepentido de no haberlo hecho.

Polozov no dormía aún. Se volvió para ver a Turbin.

—¿Duermes?

—No.


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