Cuentos populares
Cuentos populares Los marineros de La Virgen de los Vientos no habían estado en tierra desde hacía cuatro meses. Avanzaban por las calles tímidamente, de dos en dos, como unos forasteros, como unos hombres que habían perdido la costumbre de transitar por una urbe. Observaban las callejuelas más cercanas al puerto, como si buscasen algo. Hacía cuatro meses que no habían visto mujeres; y los atormentaba el deseo. A la cabeza de los demás, iba Celestino Duclos, un muchacho fuerte y hábil. Era el que guiaba a todos, siempre que estaban en un puerto. Sabía encontrar buenos lugares adonde ir arreglar las cosas de manera que no surgieran riñas, cosa que les ocurre tan a menudo a los marineros cuando están en tierra. Pero, si llegaba el caso, no abandonaba a sus compañeros y también sabía defenderse.
Deambularon largo rato por las oscuras calles —impregnadas de un olor denso, que salía de las bodegas y de las cuevas— que, como unos desagües, bajaban hacia el mar. Finalmente, Celestino se internó por una callejuela angosta en la que se veían farolitos encendidos por encima de las puertas. Los marineros le siguieron, canturriando y gastándose bromas. En los cristales mate de los faroles, había unos enormes números pintados. Se veían algunas mujeres, con delantal, sentadas en sillas de anea, en los portales de bajo techo. Al fijarse en los marineros, salían corriendo, para interceptarles el paso; y cada cual trataba de atraérselos a su antro.