Cuentos populares

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De cuando en cuando, se abría alguna puerta en el fondo de un zaguán; y aparecía una muchacha a medio vestir, con pantalones de percal basto, muy ceñidos, faldita corta y jubón negro de terciopelo, con galones dorados. «Muchachos, entrad», exclamaba, llamándolos desde lejos. A veces, incluso salía y, abrazando a algún marinero, trataba de arrastrarlo hacia dentro, con todas sus fuerzas. Se agarraba a él, como una araña que lleva una mosca más fuerte que ella. La resistencia del marinero era débil, a causa de su deseo. Sus compañeros se detenían para ver en qué acababa la cosa; pero Celestino gritaba: «No entres, no es aquí. Vamos más adelante». El marinero obedecía, desprendiéndose de la muchacha, a viva fuerza. El grupo proseguía adelante, acompañado de las invectivas de la moza enojada. Al oír alboroto, otras mozas salían a lo largo del callejón y abalanzándose sobre los marineros, ofrecían su mercancía, elogiándola con sus voces roncas. Así siguieron adelante. De cuando en cuando se encontraban con algunos soldados, con algún burgués o algún dependiente, que se deslizaban hacia un lugar conocido. Esotros callejones también se veían faroles; pero los marineros pasaban de largo, pisando las aguas malolientes que salían de las casas, llenas de cuerpos de mujeres. De pronto, Duclos se detuvo ante una casa, cuyo aspecto era algo mejor que el de las demás; y entró en ella con los marineros.


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