Cuentos populares

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II

Se instalaron en la gran sala de la taberna. Cada cual eligió una amiga; no se separaría de ella en toda la noche: tal era la costumbre del establecimiento. Juntaron tres mesas. Ante todo, bebieron en compañía de las mujeres; y luego subieron con ellas al piso de arriba. Abajo se oyeron durante un rato las pisadas de las fuertes botas de aquellos pies que subían la escalera de madera y entraban por la estrecha puerta, para dispersarse por los dormitorios. Habían bajado varias veces a beber y habían vuelto a subir.

La orgía estaba en todo su apogeo. Los sueldos de medio año se gastaron en las cuatro horas de juerga. Hacia las once de la noche, todos los marineros estaban borrachos. Con los ojos inyectados en sangre, vociferaban incoherentemente. Cada cual tenía a su amiga sentada en las rodillas. Unos cantaban, otros gritaban; algunos daban puñetazos en la mesa o se echaban vino al gaznate. Celestino se hallaba entre sus compañeros. En una de sus rodillas estaba sentada, a horcajadas, una moza gruesa y coloradota. Celestino había bebido lo mismo que los demás, pero aún no estaba borracho. Por su cabeza cruzaban algunos pensamientos. Pero las ideas que le acudían se disipaban en seguida; y no lograba retenerlas, no las podía recordar ni expresar.

—Así, pues…; así, pues… ¿Hace mucho que estás aquí? —preguntó, echándose a reír.

—Seis meses —contestó la moza.


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