Cuentos populares

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XI

Cuatro soldados trajeron al abanderado en unas angarillas; los seguía otro soldado conduciendo un caballo flacucho y extenuado, con el botiquín. Esperaban al doctor. Los oficiales se acercaban a la camilla, tratando de animar y de consolar al herido.

—Amigo Alanin; no podremos bailar pronto al son de las cucharillas —dijo el teniente Rosenkrantz, risueño.

Probablemente creía que estas palabras animarían al apuesto alférez; pero, por su triste y fría mirada, se podía deducir que no habían producido el efecto deseado.

También se acercó el capitán. Miró fijamente al herido, y su rostro, siempre frío e indiferente, denotó una sincera compasión.

—¡Qué le vamos a hacer, mi querido Anatoli Ivanovich! —dijo, con vos que reflejaba una ternura y una piedad que yo no hubiera esperado en él—. Ha sido la voluntad de Dios.

El herido se volvió; su pálida cara se animó con una sonrisa triste.

—No le obedecí.

—Es mejor que diga que es la voluntad de Dios —repitió el capitán.


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