El reino de Dios esta en vosotros
El reino de Dios esta en vosotros Todo el mundo ha sido educado, antes que nada, en la costumbre de obedecer las leyes estatales. La vida entera de los hombres de nuestro tiempo está determinada por las leyes del Estado. Las personas se casan, se separan, educan a sus hijos, e incluso profesan su fe (en muchos Estados), de conformidad con la ley. ¿Pero qué es esta ley que determina la vida entera de los hombres? ¿Cree la gente en esta ley? ¿La considera válida? En absoluto. En la mayoría de casos, la gente de hoy en día no cree que esta ley sea justa; la desprecia y, sin embargo, la acata. Bien podían los hombres de la Antigüedad cumplir la ley, porque creían firmemente que ésta, que era en su mayor parte religiosa, era la única verdadera, a la que todo el mundo debía someterse. Pero… ¿qué pasa con nosotros? Sabemos que las leyes de nuestro Estado no constituyen una única ley eterna, sino que es una de tantas que existen en los distintos Estados, igual de imperfectas, a menudo manifiestamente equivocadas e injustas, y que son cuestionadas de arriba abajo en nuestros periódicos. Bien podía el judío someterse a sus leyes, pues no dudaba de que era el mismo Dios quien las había escrito con el dedo; o el romano, que pensaba que habían sido escritas por la ninfa Egeria; o incluso cuando se creía que los zares, al emitir las leyes, estaban inspirados por Dios; o al menos que las asambleas legislativas tenían el deseo y la capacidad de elaborarlas lo mejor posible. Pero ya sabemos cómo se hacen las leyes, todos hemos estado entre bastidores y sabemos que son producto de la codicia, el engaño y la lucha entre partidos, por lo que no contienen ni pueden contener una justicia real. Por todo esto, hoy en día las personas no pueden creer que acatar unas leyes civiles o estatales sea algo que responda a las exigencias del intelecto de la naturaleza humana. Las personas hace tiempo que saben que no es razonable obedecer unas leyes cuya legitimidad es dudosa, y no pueden dejar de sufrir al tener que someterse a unas leyes de las que no reconocen ni su sensatez ni su carácter vinculante.