El reino de Dios esta en vosotros

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Entretanto, la multitud de padres, madres y esposas espera a la entrada. Las mujeres tienen la mirada llorosa, clavada en la puerta. Ésta se abre y, entre tambaleos y vaivenes, salen los reclutas admitidos, Petruja, Vaniuja[51] y Makar, tratando de no mirar a los suyos, de no verlos. Resuena el aullido de madres y esposas. Algunos se abrazan a ellas y lloran, otros se hacen los duros, y otros las consuelan. Las madres y las esposas, conscientes de que ahora se han quedado huérfanas durante tres o cuatro años sin el sustentador de la familia, aúllan y se lamentan a gritos. Los padres apenas dicen nada, se limitan a chasquear la lengua y suspirar, conscientes de que nunca más van a volver a ver a sus ayudantes, a quienes han criado y enseñado, porque cuando éstos regresen ya no serán los labradores tranquilos y laboriosos que eran, sino unos soldados petimetres, en su mayor parte disolutos y deshabituados de la vida sencilla.

La muchedumbre se va montando en los trineos y parte calle abajo hacia posadas y tabernas; se oye, aún más fuerte que antes, una mezcla de canciones, sollozos, gritos ebrios, lamentaciones de madres y esposas, música de acordeón y palabrotas. Todo el mundo se dirige a tascas y tabernas, cuyos ingresos van destinados al gobierno, y empieza una borrachera que aplaca en ellos la conciencia de sentir la injusticia que les han hecho.


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