Guerra y Paz
Guerra y Paz El príncipe Andréi consideraba insignificantes a tantas personas y tenía tal deseo de encontrar en otro un ideal vivo de la perfección a que él aspiraba que creyó fácilmente haber hallado en Speranski ese ideal de hombre sensato y virtuoso. Si Speranski hubiese pertenecido a la misma esfera social, con la misma educación y nivel moral que el príncipe Andréi, no habría tardado en encontrar su lado débil, humano y no heroico; pero aquella mente absolutamente lógica y extraña para él le inspiraba tanto más respeto cuanto menos la comprendía. Por otra parte, ya porque apreciase la capacidad de Bolkonski, ya porque le pareciese necesario contar con él, Speranski hacía gala ante el príncipe Andréi de su imparcialidad y sereno juicio. Lo halagaba con sutileza, lo hacía partícipe de su propia suficiencia, haciéndole ver, sin necesidad de palabras, que sólo ellos dos podían comprender la estupidez de todos los demás y la sensatez y profundidad de sus propias ideas.
Durante la prolongada entrevista de aquella tarde, Speranski repitió muchas veces: “En nuestro país tendemos a denigrar todo aquello que sobrepasa el nivel ordinario de la rutina…”. O bien, con una sonrisa: “Pero nosotros queremos que los lobos queden ahítos y las ovejas a salvo…”.