Guerra y Paz
Guerra y Paz Esta primera conversación larga con Speranski no hizo más que aumentar en el príncipe Andréi la impresión que antes le produjera. Veía en él a un hombre sensato, de enorme inteligencia lógica, gran rigor mental, que había alcanzado el poder gracias a su energía y perseverancia, poder que utilizaba en bien de Rusia solamente. A los ojos del príncipe Andréi, Speranski era el hombre que él mismo habría deseado ser, capaz de explicar sensatamente todos los fenómenos de la vida; un hombre para quien es importante tan sólo lo racional, capaz de aplicar a todas las cosas la medida de la razón. En la exposición de Speranski parecía todo tan sencillo y claro que el príncipe Andréi, aun a su pesar, debía darle siempre la razón. Si lo contradecía y discutía, era sólo por el deseo de permanecer independiente y no someterse por completo a sus opiniones. Por lo demás, todo lo encontraba bien, aunque algo lo turbaba: era aquella mirada fría e impenetrable de Speranski, que no permitía ahondar en su interior, y aquella mano blanca y delicada que atraía la mirada de Bolkonski como suele ocurrir con las manos de los hombres que ostentan el poder. Sin saber por qué, la mirada impenetrable y la mano lo irritaban; también le causaba una impresión desagradable el excesivo desprecio de Speranski por los demás y la gran variedad de pruebas en que apoyaba sus opiniones. Recurría a todos los procedimientos del raciocinio, excepto la comparación, y, según creía el príncipe Andréi, pasaba de un tema a otro con demasiado arrojo. A veces se situaba en el terreno de la práctica y arremetía contra los soñadores; otras era satírico y se burlaba irónicamente de sus rivales; otras recurría a la pura lógica y hasta se elevaba a los dominios de la metafísica (cuyos procedimientos demostrativos le gustaba usar con frecuencia). Subido a esas alturas, pasaba a las definiciones del espacio, del tiempo y del pensamiento, sacaba de allí sus objeciones y volvía a discutir.