Guerra y Paz

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El viejo Rostov se acercaba a veces al príncipe Andréi, lo besaba y le pedía consejo sobre la educación de Petia o el servicio de Nikolái. La condesa suspiraba mirándolos. Sonia temía siempre ser inoportuna y buscaba cualquier pretexto para dejarlos solos, aun cuando no era necesario. Cuando el príncipe Andréi contaba algo (era un excelente narrador), Natasha lo escuchaba con orgullo; y cuando era ella la que hablaba, notaba con alegría y temor que él la miraba con aire atento y escrutador. Se preguntaba perpleja: “¿Qué busca en mí? ¿Qué trata de averiguar cuando me mira así? ¿Y qué pasará si no hay en mí lo que él busca con esa mirada?”. A veces la dominaba una alegría desbordada tan inherente a ella, y entonces le gustaba ver y oír la risa del príncipe; reía pocas veces, pero cuando reía se entregaba por entero y cada vez después de ello Natasha se sentía más próxima a él. La felicidad de Natasha habría sido completa si no la hubiera asustado la idea de una cada vez más próxima separación.

La víspera de su partida de San Petersburgo, el príncipe Andréi se hizo acompañar por Pierre, que desde el día del baile no había visitado a los Rostov. Pierre parecía desorientado y confuso. Quedó conversando con la condesa mientras Natasha y Sonia se llevaban al príncipe hacia la mesita de ajedrez.

—Hace tiempo que conoce a Bezújov, ¿verdad?— preguntó el príncipe a Natasha. —¿Lo estima?


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