Guerra y Paz

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—No comprendo— siguió Ilaguin —por qué otros cazadores son tan celosos de las piezas que cobran y de los perros ajenos; por lo que a mí toca, le diré, conde, que lo que me divierte es pasear en una compañía tan agradable como ustedes… ¿Qué más se puede desear?— y se descubrió de nuevo ante Natasha. —Pero eso de contar las piezas muertas me tiene sin cuidado.

—Sí, claro.

—O disgustarme porque otro perro, y no el mío, sea quien cobra la pieza. Lo que me divierte es ver la caza. ¿No es verdad, conde? Además, yo creo…

—¡Ho-ho-ho!— se oyó en esto el prolongado grito de un ojeador, que se había detenido. Estaba en una ladera y, levantando la fusta, repitió su largo grito: —¡Ho-ho-ho!

El grito y la fusta en alto querían decir que veía una liebre encamada.

—Parece que ha visto una— dijo Ilaguin con indiferencia. —¿Probamos, conde?

—Sí, claro… probaremos juntos— respondió Nikolái, viendo en Erza y en el rojo Rugai del tío dos rivales con los cuales no había tenido ocasión de enfrentar sus perros.

Mientras se acercaba a la liebre, con su tío e Ilaguin, Nikolái pensó: “¿Y si mi Milka queda en ridículo?”


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