Guerra y Paz

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—¿Es grande?— preguntó Ilaguin acercándose al cazador que había visto la liebre; y con cierta inquietud miró y silbó a su Erza.

—¿Y usted, Mijaíl Nikanórovich?— preguntó al tío.

El interpelado, que caminaba con gesto de mal humor, le respondió:

—¿Cómo voy a meterme yo en eso? Ustedes, las cosas claras y adelante, pagan un pueblo por cada perro: son animales de mil rublos. Midan ustedes las fuerzas, que yo me conformo con mirar. ¡Rugai!— gritó a su perro, —¡Rugáiushka!— repitió, expresando sin querer con ese diminutivo su cariño al perro y la esperanza que en él depositaba.

Natasha sentía la emoción oculta de los dos viejos y de su hermano, y ella misma estaba nerviosa.

El cazador seguía en la ladera con la fusta en alto; los amos se acercaron al paso; apartaron a las jaurías de la liebre; también los cazadores habituales se apartaron respetuosos. Todos se movían lentamente y en silencio.

—¿Hacia dónde mira?— preguntó Nikolái, acercándose a cien pasos del cazador que la había visto primero.

Pero antes de que el otro tuviera tiempo de contestar, la liebre, presintiendo la helada del día siguiente, saltó fuera de su madriguera.


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