Guerra y Paz

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Milka estaba a punto de caer sobre la liebre y apoderarse de ella; pero la pasó de largo: la liebre había frenado en seco. De nuevo la hermosa Erza acortó el espacio, tratando, para no errar otra vez el golpe, de hacer presa en una pata trasera.

—¡Erzinka, hermanita!— gritaba lloroso Ilaguin con la voz descompuesta.

Pero Erza no atendió las súplicas de su amo; en el mismo instante en que parecía que ya la tenía en su poder, la liebre se escabulló hábilmente y apareció en el límite de las malezas y el sembrado. De nuevo Erza y Milka, como dos caballos emparejados, reanudaron la persecución. La liebre parecía más segura en la linde y a los perros no les era tan fácil acercarse a ella.

—¡Eh, Rugai! ¡Rugáiushka! ¡Las cosas claras y adelante!— gritó entonces una nueva voz.






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