Guerra y Paz

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Y el rojo Rugai, el perro macho, rojo y jorobado del tío, estirándose y arqueando el espinazo, corrió hasta alcanzar a los otros dos animales y los dejó atrás, acercándose con velocidad increíble a la liebre y lanzándola a los matorrales de las charcas; aún atacó otra vez con más rabia entre los sucios hierbajos, hundido hasta las corvas; únicamente se vio cómo caía rodando, sin soltar la liebre, todo cubierto de fango. Un segundo después lo rodeaban los otros perros y a los pocos instantes todos los jinetes se hallaban junto a aquel remolino. El tío, el único feliz, descabalgó y cobró la liebre. La sacudió para que cayera la sangre y miró inquieto, con los ojos errantes, sin saber qué hacer de sus pies y sus manos, mientras hablaba sin darse cuenta de sus palabras y sin dirigirse a nadie: “Vaya, vaya… esto sí que es un perro… Los ha vencido a todos, a los de mil rublos y a los de uno… Esto sí que es un perro —y miraba en derredor, jadeante e irritado, como insultando a alguien, como si los demás fueran sus enemigos, como si todos lo hubiesen ofendido y sólo ahora hubiese podido justificarse—. Ahí tienen los perros de mil rublos”.

—¡Toma, Rugai!— añadió. —¡Te lo has ganado!— y echó al perro una pata que había cortado a la liebre.


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