Guerra y Paz

Guerra y Paz

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—Es Mitka, mi cochero… le compré una buena balalaika. Me gusta oírla— dijo el tío.

Era costumbre que cuando él volvía de cazar, Mitka tocase en la habitación de los cazadores.

—¡Toca bien, realmente muy bien!— dijo Nikolái con cierta involuntaria negligencia, como si le diera vergüenza confesar que le agradaban mucho aquellos sonidos.

—¿Cómo que muy bien?— le reprochó Natasha, a la que no escapó el tono con que había hablado su hermano. —¡Es un verdadero encanto! ¡Una delicia!

Así como las setas, la miel y los licores del tío le habían parecido los mejores del mundo, en aquel momento la música que llegaba desde la habitación de los cazadores le pareció el colmo de la delicia.

—¡Otra vez, por favor, otra vez!— exclamó Natasha desde la puerta cuando hubo terminado la canción.

Mitka afinó el instrumento y de nuevo sonó la Bárina con variaciones diversas y bien matizadas. El tío escuchaba con la cabeza inclinada y una imperceptible sonrisa. El motivo de Bárina se repitió muchas veces, la balalaika estaba afinada y una vez más volvía a los mismos acordes, sin que los oyentes se cansaran de escuchar. Anisia Fiódorovna entró de nuevo y apoyó su corpulento cuerpo en el quicio de la puerta.


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