Guerra y Paz

Guerra y Paz

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El tío, sin mirar a nadie, sopló el polvo del instrumento; tamborileó en la caja de la guitarra con sus dedos huesudos, afinó las cuerdas y se acomodó en la butaca. Con gesto algo teatral, separando mucho el codo izquierdo y guiñando el ojo a Anisia Fiódorovna, lanzó un acorde sonoro, limpio, y después, pausada y tranquilamente, comenzó con ritmo muy lento la conocida canción Por la calle empedrada. El motivo de la canción, su ritmo y sentido resonaron en el alma de Nikolái y Natasha en concordancia con la mesurada alegría que se desprendía de toda la personalidad de Anisia Fiódorovna, quien, encendido el rostro que ocultaba con su pañuelo, salió riendo de la estancia. El tío seguía tocando con el mismo tono enérgico, mirando con ojos inspirados el lugar donde antes estuvo Anisia Fiódorovna. En su rostro, bajo los bigotes grises, había una leve sonrisa, que se acentuaba al aumentar el ritmo de la canción y en los trémolos mejor logrados.

—¡Es maravilloso! ¡Maravilloso, tío! ¡Otra vez, otra vez!— gritó Natasha cuando Mijaíl Nikanórovich hubo terminado. Saltó de su asiento, abrazó a su tío y lo besó. —¡Nikóleñka! ¡Nikóleñka!— dijo a su hermano, como preguntándole: ¿pero qué es esto?



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