Guerra y Paz

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VIII

El conde Iliá Andréievich había renunciado a su cargo de mariscal de la nobleza porque le imponía demasiados gastos; pero la situación no mejoraba. Con frecuencia, Natasha y Nikolái sorprendían conversaciones secretas e inquietantes de sus padres y oían hablar de la venta de la rica casa patrimonial de los Rostov y de otras propiedades en las cercanías de Moscú. El conde ya no era mariscal de la nobleza ni estaba obligado a grandes recepciones, y la vida en Otrádnoie era más modesta que en años precedentes. Pero la enorme casa de campo y los pabellones estaban siempre llenos de gente y más de veinte personas se sentaban cada día a la mesa. Todos vivían desde hacía tiempo con la familia, unos casi como miembros de ella y otros porque se consideraba que debían vivir en la casa del conde. Tal era el caso de Dimmler, el músico, y su mujer; Vogel, maestro de baile, con su familia; la vieja señorita Bielova y tantos otros; los profesores de Petia, la antigua institutriz de las señoritas y simplemente algunos que creían mejor y más conveniente vivir a expensas del conde que en su casa. No se daban ya las grandes recepciones de antes, pero en la casa se mantenía el tren de siempre, un tren sin el cual los condes no podían imaginarse la vida. Subsistían las partidas de caza, acrecentadas desde la vuelta de Nikolái; subsistían los quince cocheros y los cincuenta caballos, los valiosos regalos para las onomásticas y otras solemnidades, las comidas de gala para todo el distrito, las partidas de whist y de boston, en las que el conde, permitiendo que vieran sus cartas, se dejaba ganar todos los días cientos de rublos, por lo cual los vecinos juzgaban las partidas de juego con él como la renta más lucrativa y saneada.


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