Guerra y Paz

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A veces se consolaba pensando que eso no pasaba de ser un compás de espera; pero en seguida lo horrorizaba otra idea: ¡cuántas personas habían entrado en esa vida, con la dentadura completa y todo el pelo, y salieron de ella desdentados y calvos!

En los momentos de orgullo, cuando reflexionaba sobre su situación, le parecía ser muy distinto de aquellos gentilhombres de cámara retirados que él despreciaba antes. Ellos eran tipos vulgares e imbéciles, contentos y satisfechos de su situación, “pero yo sigo descontento de todo, y sigo deseando hacer algo por la humanidad”, se decía. “Aunque tal vez —pensaba en los momentos de modestia— todos mis compañeros hayan buscado como yo algo nuevo, un camino propio en la vida, y, lo mismo que yo, por la fuerza del ambiente, de la sociedad o de la naturaleza, por esa fuerza espontánea contra la cual el hombre es impotente, hayan llegado donde también llegué yo.” Y al cabo de cierto tiempo de vivir en Moscú no despreciaba ya a nadie y comenzaba a querer a sus compañeros, a respetarlos, a compadecerlos como se compadecía a sí mismo.





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