Guerra y Paz
Guerra y Paz “Elena Vasílievna, que sólo ama su cuerpo —pensaba Pierre—, y que es una de las mujeres más estúpidas del mundo, parece a los hombres el colmo de la espiritualidad y el refinamiento, y no hay nadie que no la admire. Napoleón Bonaparte fue despreciado por todos cuando era grande; y cuando pasó a ser un miserable bufón, el emperador Francisco procura entregarle a su hija como esposa ilegal. Los españoles dan gracias a Dios, por mediación del clero católico, por su victoria del 14 de junio sobre los franceses; y los franceses, por mediación del mismo clero católico, elevan al cielo sus preces por haber vencido el 14 de junio a los españoles. Mis hermanos masones juran por su vida que están dispuestos a sacrificarlo todo en bien del prójimo, pero no pagan las cuotas para los pobres, enfrentan a Astrea contra los buscadores del Maná y tratan de conseguir el verdadero tapiz escocés y un acta que no entiende ni el que la escribió, y que nadie necesita. Todos profesamos la ley cristiana del perdón de las injurias y el amor al prójimo, ley en cuyo nombre hemos levantado en Moscú cuarenta veces cuarenta templos, y ayer han azotado hasta matarlo a un desertor, y un sacerdote servidor de esa ley del amor y del perdón hizo besar la cruz al soldado antes del suplicio.” Así pensaba Pierre, y toda aquella mentira aceptada por todos le parecía siempre algo nuevo, siempre lo asombraba, a pesar de lo habituado que estaba a ella. “Comprendo esa mentira y ese embrollo —pensaba—, pero ¿cómo explicar a todos ellos lo que yo comprendo? He probado, y siempre he visto que en el fondo de su alma comprenden lo mismo que yo, pero se esfuerzan por no verla. Quiere decirse que es necesario. Pero ¿dónde puedo ir yo?” Era víctima de esa desdichada capacidad de muchas personas, tan frecuente en los rusos, de ver y creer en la posibilidad del bien y de la verdad y de ver con demasiada claridad el mal y la mentira de la vida para poder tomarla en serio. A sus ojos, todo campo de acción estaba ya corrupto y pervertido por la mentira y el engaño. Cualquier cosa que intentara hacer, cualquier trabajo que quisiera comenzar, el mal y la falsía impedían esa actividad, cerrándole el camino. Y, sin embargo, había que vivir y estar ocupado. Era demasiado tremendo estar bajo el yugo de aquellos problemas insolubles de la vida y, para olvidarlos, se entregaba a toda clase de distracciones. Frecuentaba lo más posible las diversas sociedades, bebía mucho, adquiría cuadros, emprendía obras y, sobre todo, leía.