Guerra y Paz

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Su rostro se entristeció.

—¡Oh, condesita!— y el conde se apresuró a sacar la cartera.

—Necesito mucho, conde; necesito quinientos rublos— y tomando un pañuelo de batista frotó el chaleco de su marido.

—Ahora, ahora… ¡Eh! ¿Quién hay ahí?— gritó con la voz que sólo emplea la gente segura de que la persona a quien llaman acudirá presurosa a la llamada. —¡Que venga Míteñka!

Míteñka, aquel hijo de noble familia crecido en casa del conde, cuyos asuntos llevaba ahora, entró con paso quedo en la habitación.

—Mira, querido…— dijo el conde al joven, que avanzaba respetuosamente. —Tráeme…— se detuvo pensativo —setecientos rublos. Eso es. Pero atiende: no me los traigas tan sucios y rotos como el otro día, tráeme billetes nuevos, son para la condesa.

—Sí, Míteñka…, procura que estén limpios— dijo la condesa, suspirando tristemente.

—Excelencia, ¿cuándo ordena que se los traiga?— preguntó Míteñka. —Ya sabe que… Pero no se preocupe— rectificó, advirtiendo que el conde comenzaba a respirar rápida y penosamente, indicio seguro de un acceso de cólera. —Me olvidaba que… ¿Ordena que se los traiga ahora mismo?


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