Guerra y Paz

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—Sí, sí, eso es, tráelos. Y se los das a la condesa. ¡Es una joya ese Míteñka!— comentó sonriendo el conde. —No hay nada imposible para él. Detesto esa palabra: todo debe ser posible.

—¡Ay, conde! ¡El dinero, el dinero, cuánto dolor en el mundo por su culpa!— suspiró la condesa. —Y ese dinero me hace mucha falta…

—Usted, condesita, es una famosa despilfarradora— dijo el conde; y besando la mano de su mujer volvió a su despacho.

Cuando Anna Mijáilovna regresó de su visita a Bezújov, ya tenía la condesa el dinero sobre la mesa, bajo un pañuelo, todo en billetes nuevos. Anna Mijáilovna advirtió en ella cierta turbación.

—¿Qué hay, amiga mía?— preguntó la condesa.

—¡Ah, en qué terrible estado se encuentra! No lo reconocerías. Está muy mal, muy mal… Sólo lo he visto un momento y no he podido decir ni dos palabras…

—Annette, por Dios te lo pido, no rechaces esto— dijo de pronto la condesa, ruborizándose, lo que daba un aspecto extraño a su rostro ya no joven, delgado y grave, sacando el dinero de debajo del pañuelo.

Anna Mijáilovna comprendió al instante de qué se trataba y se inclinó para poder abrazar cómodamente a la condesa en el momento preciso.

—Es para Borís, para su equipo, de mi parte…


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