Guerra y Paz

Guerra y Paz

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Anatole, mientras tanto, no separaba los ojos sonrientes del rostro, del cuello y de los desnudos brazos de Natasha, quien sabía que la admiraba, y eso producía en ella una sensación agradable; pero no podía explicarse por qué se sentía violenta y cohibida en su presencia. Cuando no lo miraba, sentía que él tenía los ojos puestos en sus hombros y, sin darse cuenta, procuraba interceptar su mirada para que Anatole desviara la vista a su rostro. Pero cuando lo miraba a los ojos, advertía con miedo que entre ellos no había esa barrera de pudor que siempre existía entre ella y los demás hombres. Sin saber por qué, a los cinco minutos Natasha se sentía terriblemente próxima a ese hombre. Cuando se volvía, siempre tenía miedo a que él sujetase por detrás su brazo o la besara en el cuello. Conversaban sobre las cosas más superficiales y Natasha sentía cada vez más aquella intimidad que no había conocido con ningún otro hombre. Miraba a Elena y a su padre, como preguntándoles qué significaba aquel fenómeno; pero Elena estaba abstraída en la conversación con cierto general y no contestó a su mirada; y los ojos de su padre no le dijeron más de lo que decían siempre: “¿Estás contenta? Pues eso me alegra”.




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