Guerra y Paz
Guerra y Paz Para romper un momento de embarazoso silencio, durante el cual Anatole la seguía mirando tranquila y fijamente con ojos algo saltones, Natasha le preguntó si le gustaba Moscú. Hizo la pregunta y se ruborizó; todo el tiempo le parecía hacer algo indecente hablando con él. Él sonrió como para animarla.
—Al principio me gustaba poco, porque lo que hace agradable una ciudad ce sont les jolies femmes, ¿no es cierto? Ahora— añadió mirándola significativamente —Moscú me gusta mucho. ¿Irá al baile, condesa? No deje de ir— y tendiendo la mano hacia el ramillete de flores que llevaba Natasha, prosiguió en voz baja: —Vous serez la plus jolie. Venez, chère comtesse, et comme gage donnez-moi cette fleur.[324]
Natasha no comprendió lo que decía, como tampoco lo comprendió él; pero, en las incomprensibles palabras, había una intención indecente. No sabía qué responder, y se volvió como si no lo hubiese oído. Pero nada más volverse pensó que él estaba a sus espaldas, muy cerca.