Guerra y Paz

Guerra y Paz

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“¿Qué hace ahora? —se preguntó—. ¿Estará confuso o enojado? ¿Hay que reparar lo que hice?”, y volvió la cabeza, sin poderlo evitar. Miró fijamente a Anatole; y su proximidad, la ternura jovial de su sonrisa, su seguridad la vencieron. Sonrió igual que él, mirándolo directamente a los ojos; y, una vez más, sintió horrorizada que entre los dos no había ninguna barrera.

Se levantó el telón de nuevo. Anatole salió del palco, tranquilo y contento. Natasha volvió al suyo con su padre, completamente sometida al mundo en que se encontraba. Cuanto ocurría en derredor le parecía ya totalmente natural, y ni una sola vez volvieron a su mente las anteriores ideas sobre su prometido, la princesa María y la vida del campo, como si todo ello fueran cosas pasadas hacía mucho, mucho tiempo.

En el cuarto acto, un diablo cantó gesticulando hasta que retiraron una tabla bajo sus pies y desapareció dentro del agujero; eso fue todo lo que Natasha vio del cuarto acto; algo la turbaba y atormentaba, y la causa de aquella emoción era Kuraguin, a quien, involuntariamente, seguía mirando. Cuando salían del teatro Anatole se dirigió a ellos, se encargó de llamar el coche y los ayudó a subir; al ayudar a Natasha le apretó el brazo por encima del codo. Natasha, inquieta y ruborizada, lo miró. Los ojos de Anatole brillaban y la miraba, sonriendo tiernamente.


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