Guerra y Paz

Guerra y Paz

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Natasha, animada e inquieta, con los ojos muy abiertos y asustados, miraba en derredor, y parecía más alegre que de costumbre. No comprendía casi nada de lo que estaba ocurriendo. Bailaron la escocesa y la polca; su padre quiso marcharse otra vez, y ella le rogó que se quedaran un poco más. Dondequiera que estuviese, con quienquiera que hablase, siempre sentía su mirada. Después recordó que había pedido permiso a su padre para ir al tocador y arreglarse el traje; que Elena la había seguido y que, riendo, le había hablado del amor de su hermano; que, en un pequeño salón de paso, encontró de nuevo a Kuraguin; que Elena desapareció y que él, tomando su mano, había dicho:

—No puedo ir a su casa, pero ¿es posible que nunca más la vuelva a ver? La amo con locura… ¿Es posible que nunca…?— y mientras hablaba, cerrándole el paso, acercaba su rostro al de Natasha.

Los grandes y brillantes ojos varoniles estaban tan cerca de los suyos que Natasha no veía otra cosa.

—¡Nathalie!— preguntó en un susurro su voz y alguien apretó dolorosamente su mano. —¡Nathalie!

“No comprendo… no tengo nada que decirle”, contestó la mirada de Natasha.


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