Guerra y Paz

Guerra y Paz

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El conde Iliá Andréievich quería retirarse, pero Elena le suplicó que no echara a perder su improvisado baile. Los Rostov se quedaron. Anatole invitó a Natasha para el vals y, mientras bailaban, estrechaba su talle, la mano, le decía que era ravissante y que la amaba. También bailó Natasha la escocesa con Kuraguin; cuando permanecieron solos Anatole no decía nada, limitándose a mirarla. Natasha se preguntaba si no sería un sueño lo que había dicho Anatole durante el vals. Al terminar la primera figura de la escocesa, de nuevo apretó su mano. Natasha, asustada, levantó hacia él los ojos, pero en la dulce mirada y en la sonrisa de Anatole había tanta ternura y aplomo que no se decidía a decir lo que deseaba y volvió a bajar la vista.

—No me diga eso; estoy prometida y amo a otro— acabó diciendo con mucha prisa.

Después lo miró de nuevo; pero Anatole no estaba turbado ni entristecido por lo que acababa de oír.

—¡No me hable de eso! ¡Qué me importa!— dijo él. —Estoy locamente enamorado, locamente. ¿Tengo yo la culpa de que sea usted encantadora? Ahora le toca comenzar a usted.


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